DODECAFONÍA
Enrique Anderson Imbert
-¡Qué tiempos aquellos!- dijo la Hidra a su simpático visitante-. No pasaba mes sin que viniera algún héroe a matarme. Llegaba muy ufano a esta orilla, se inclinaba sobre las aguas, me desafiaba a gritos, yo emergía (lentamente, para dar más dignidad al espectáculo) y él, remolineando su espada me cercenaba. Caía una e instantáneamente, antes de que se derramase una gota de sangre, nacía otra. Yo me dejaba codiciar por esa vehemente espada: para ponerlas a su alcance estiraba hacia él héroe, silbando y bailando, mis doce, siempre doce por muchas que él cortara. Al fin el héroe, exhausto, ya no tenía fuerzas para levantar. (Yo lo libraba entonces de la humillación de volver vencido a su tierra.) y así, mes tras mes, me divertía con esos inofensivos decapitadores. Ahora no vienen más: mi fama de inmortal los ha descorazonado. Lo siento. Aquellos juegos entre espadas eran una fiesta. Yo esperaba, más o menos, el mandoble, que a veces se demoraba o se precipitaba; y enseguida sentía que la nueva que me brotaba era como un súbito cambio en mi vida, o que esa continuaba la expresión de la anterior, o que la repetía exactamente. Gracias a esta expectativa mía en que el retoño era inevitable y, sin embargo, sorprendente, yo me gozaba a mí misma como si fuera música. Tiempo. Puro tiempo. Ahora me aburro; y éstas doce que ves ya no son como notas de una melodía, sino como bostezos en el vacío.
-Has hablado- dijo el visitante- de tu expectativa de cambio, de continuidad y de repetición. Te faltaba aprender a esperar lo mejor de tu melodía, que es la conclusión. ¿Quieres jugar una vez más? Y poniéndose, Heracles blandió su espada.
Bibliografía
-Benito Arias García. Grandes minicuentos fantásticos. Alfaguara Bogotá 2005.
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domingo, 23 de agosto de 2009
viernes, 21 de agosto de 2009
Cero y van tres
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